sábado, 8 de abril de 2017
Carlota y Otto se van a la playa
Carlota vivía en una casita en lo alto del acantilado y bajaba a la playa todas las mañanas para nadar. Ella tenía un perrito llamado Otto que la acompañaba y le gustaba correr a lo largo de la orilla, ladrando a las olas que reventaban cerca de él y luego se alejaba para no mojarse. Cuando estaba muy cansado de corretear, se echaba en la arena tibia y se quedaba dormido.
Una de las olas trajo consigo una botella de vidrio, sellada con un corcho que contenía un rollo de papel. Otto vió la botella y decidió llevársela a Carlota, pero la botella se la llevaba la corriente cada vez que trataba de alcanzarla. Tal fue su curiosidad y coraje, que no tuvo más remedio que meterse en el agua hasta lograr sostenerla entre sus dientes, luchando contra la corriente. Cuando se dió cuenta, venía otra ola y sin soltar la botella, el agua lo cubrió y se quedó sin piso. Otto trató de nadar hasta la orilla, pero la corriente se lo comenzó a llevar más lejos y comenzó a ladrar con todas sus fuerzas para que Carlota lo oyera.
Carlota, que estaba jugando con unos caracoles, escuchó el desesperado ladrido de Otto y le saltó el corazón de angustia.
- Otto, ¿qué haces nadando tan lejos en el mar?
- ¡No te preocupes Otto, voy a tu rescate!, le gritó Carlota.
Otto estaba muerto de miedo de estar solo en medio del mar.
Carlota salió disparada hacia el mar y sin pensarlo dos veces se lanzó nadando para alcanzar a Otto que se alejaba rápidamente de la orilla. Mientras tanto las olas se hacían más y más grandes hasta que parecían montañas. Otto muy asustado soltó la botella y nadó con toda su alma hasta alcanzar los brazos de Carlota. Ahora estaban juntos tratando de salvar sus vidas en medio de las grandes olas. Se levantó una gran ola como una gran pared y se encorvó sobre ellos bajando con una gran espuma, como una gran avalancha. Todo se puso oscuro y Otto lo único que escuchó fue el grito desesperado de Carlota diciendo su nombre:
- ¡Otto, mi querido Otto!
Otto sintió un turbulento que lo remecía y se aterrorizó tanto que en medio de la turbulencia... sintió la voz de Carlota que lo llamaba, tratando de despertarlo, mientras estremecía su cuerpecito suavemente.
Otto despertó de su pesadilla y vio la amorosa cara de Carlota sonriéndole con ternura.
- Vamos Otto, ¿listo para ir de regreso a casa?
Otto trató de explicarle a Carlota con la mirada, moviendo su cola y saltando alrededor de ella, cuanto significaba ella para él y cuanto había sufrido sintiendo que se iban a morir en medio del mar juntos, y cuán valiente había sido de recoger la botella para dársela a ella, pero Carlota nunca se enteraría del sueño de Otto ni de todo lo que él le quería decir. Sólo sabía que a Otto le encantaba correr por la orilla del mar y luego irse a dormir.
miércoles, 15 de marzo de 2017
Desde mi corazón te lanzo,
con palabras de inofensiva algarabía,
que a rabietas a veces andas,
y así te quiero, siempre incierta.
Yo tu fortaleza, voy contigo,
Yo tu fuerza, me impongo,
Yo tu ternura contigo ando,
Yo soy quien contigo madruga.
No vayas tan deprisa,
ves, con mi palabra no puedes,
quieres crear pero eres mía,
sólo repites lo que tu corazón palpita.
Hoy entendiste lo que te dije,
lo sentiste salir del corazón,
lo dejaste fluir y lo dijiste,
así de simple salió y floreció.
Escribe este eco que resuena,
así te quiero, menuda y manca,
así te quiero, llena de meollos y llana,
no ves nada, bajo el velo andas.
Te amedrentas con tus propios rollos,
te desmiento y así te dejo,
luego me callo, luego te digo,
y lo que escuchas, así lo lanzas.
Soy ámbar, soy duda, soy cierto y verdad,
soy la penumbra de tu sentir,
que si no me imploras, no lo tengo por hecho,
ni lo que digo, ni lo que callo.
Ayer eras mía en el abismo,
hoy me callo, me trago a mi mismo,
no soy como crees, soy el que soy,
cuando me veas, veras quien soy.
con palabras de inofensiva algarabía,
que a rabietas a veces andas,
y así te quiero, siempre incierta.
Yo tu fortaleza, voy contigo,
Yo tu fuerza, me impongo,
Yo tu ternura contigo ando,
Yo soy quien contigo madruga.
No vayas tan deprisa,
ves, con mi palabra no puedes,
quieres crear pero eres mía,
sólo repites lo que tu corazón palpita.
Hoy entendiste lo que te dije,
lo sentiste salir del corazón,
lo dejaste fluir y lo dijiste,
así de simple salió y floreció.
Escribe este eco que resuena,
así te quiero, menuda y manca,
así te quiero, llena de meollos y llana,
no ves nada, bajo el velo andas.
Te amedrentas con tus propios rollos,
te desmiento y así te dejo,
luego me callo, luego te digo,
y lo que escuchas, así lo lanzas.
Soy ámbar, soy duda, soy cierto y verdad,
soy la penumbra de tu sentir,
que si no me imploras, no lo tengo por hecho,
ni lo que digo, ni lo que callo.
Ayer eras mía en el abismo,
hoy me callo, me trago a mi mismo,
no soy como crees, soy el que soy,
cuando me veas, veras quien soy.
lunes, 27 de febrero de 2017
La Sirena Perdida
Paula se acercó a la orilla y deslizando su pie suavemente tocó el agua. De un salto pasó la ola y se sumergió en el mar. Su cuerpo desprendía un suave brillo turquesa, dejando una estela etérea a su paso.
Dejó la orilla y la costa lejos. Siguió nadando mar adentro y se sumergió en las profundidades del océano. Buscaba algún indicio de su familia perdida. Llevaba con ella la medalla que su madre le dio, con una escama en el interior. Posiblemente estarían capturados en algún barco pirata ó en los mares del este donde viven los seres nocturnos.
Paula se dirigió a las profundidades, donde están los barcos hundidos. Entrando por puertas y saliendo por ventanas, siguiendo así su búsqueda implacable.
Llegaban a ella las ondas marinas y los sonidos distantes. Podía distinguir entre un delfín y un tiburón. Todas criaturas conocidas y amigables en su presencia. Paula tenía conocimiento de los siete mares, viajando con las corrientes que la llevaban a gran velocidad. Conocía los bancos de ostras marinas, donde encontraba extraordinarias perlas jamás vistas.
Toda su vida había sido una aventura tras otra, pero el último año había sido muy diferente. Juan había aparecido en su vida, de una manera muy simple pero suficiente para cambiar su vida entera. Cuando se topó con un anzuelo que casi le arranca las escamas y luego el joven cayó al agua y un remolino que lo arrastró mar adentro. Paula lo salvó, pero se quedó prendada del joven, quien la llevó a tierra para vivir una gran experiencia, diferente a todo lo que ella estaba acostumbrada. Paula y Juan pasaron unos días inolvidables, intercambiando toda clase de historias y hasta se juraron amor eterno. Pero Juan ahora la había olvidado y abandonado, desde que se enteró que ella no era igual que él. Se horrorizó al ver sus escamas y la dejó. No había manera de recuperarlo.
Paula había regresado al mar desconsolada, sola y atemorizada, sin poder encontrar a su familia. Dándola por desaparecida, quizá hasta habían migrado a otra parte del mundo. Fue en su busca; por el mar mediterráneo; por las costas de Italia y Marruecos; y por las costas de Francia y el pequeño principado de Mónaco.
Fué en Mónaco donde se detuvo a admirar los preciosos palacios y magníficos jardines. En este pequeño paraíso, Paula decidió descansar por unos días para seguir su búsqueda más tarde.
Salió del mar, tomando la forma de una bella joven, con cabellos rojizos y ojos verdes, vistiendo un delicado vestido de escamas que asombró a más de un bañista.
Un joven residente del lugar, gran nadador y asiduo bañista, la vio aparecer en la orilla tan esbelta y radiante que la invitó a tomar un café. El joven, a pesar de su timidez, no pudo menos que tomarla del brazo y ayudarla a caminar en la arena, donde se hundían sus tacos, así que la cargó en brazos y la llevó arriba de las escalinatas donde la posó en tierra. “Señorita, es un placer conocerla, permítame presentarme. Soy Oscar di Mare y estoy a sus órdenes”. Paula lo miró gratamente sorprendida por tanta caballerosidad y haciendo una pequeña venia se presentó, con temblor en su voz, como Paula Altramonde. Oscar y Paula se sentaron en unas pequeñas sillas en el balcón de un restaurante, desde donde se podía ver la vasta extensión del mar mediterráneo. Sostuvieron una pequeña charla donde entre sonrisas tímidas e intercambio de palabras, lograron tal empatía que establecieron una grata amistad. De pronto sentían que se conocían de siempre.
Oscar, dándose cuenta que Paula se encontraba un tanto desorientada, le ofreció hospedaje en la casa de su tía. Después de un almuerzo exquisito en la playa, se dirigieron en su auto. Luego de muchas curvas, subidas y bajadas, llegaron a la casa de su tía que más bien era un palacio. Este estaba en medio de un espléndido jardín con una gran pileta en medio. La tía de Oscar resultó ser una señora de trato muy agradable y delicado, quien recibió a Paula con gusto. “¡Querida, no sabes en qué buenas manos has caído! ¡Oscar es un muchacho fabuloso, de mucho porte y talento!. Tubo una relación que lo había dejado descorazonado, pero ha mostrado contigo un gran entusiasmo que hace tiempo no veía. ¡Has llegado a muy buena hora! Dime, y ¿donde está tu familia? ¿Vives cerca de aquí?”.
Paula se quedó callada un momento sin saber que decir. No quería mentir pero tampoco quería decir la estrambótica verdad que pertenecía a una familia de sirenas. Así que rogando por una idea certera, dijo que sus padres eran de las costas Cantábricas y que la habían enviado a estudiar a Francia, ya que ellos usualmente visitaban esas costas. Así, Isabel, la tía de Oscar, la aceptó cordialmente en su casa.
En los días siguientes, Oscar, muy caballeroso, paseó y atendió a Paula, y lo ofreció amplias comodidades. Oscar gustaba de la música clásica y tocaba el piano magistralmente. Estudiaba en el conservatorio y pasaban veladas juntas, practicando el piano.
Paula había aprendido a tocar la flauta, con una pequeña flauta mágica que recobró de un barco, y cuando subía a las rocas a descansar, la tocaba esperando la puesta del sol. La música que salía de la flauta, encantaba el corazón de quien la escuchase, y este hombre se enamoraría de ella hasta la distancia de quinientas millas, luego, al irse más lejos, la olvidaría.
Paula comenzó a sentir una fuerte atracción hacia Oscar y temblaba ante su presencia. Oscar la miraba siempre tímidamente y con gran cortesía la atendía, pero no pasaba de una cordial amistad.
Paula quiso romper esa barrera que los separaba, y aunque quería que todo fuera natural, no pudo soportar la tentación y sacó su pequeña flauta. Comenzó a soplar suavemente, creando una música casi divina, mientras Oscar tocaba el piano. Oscar sintió su corazón elevarse en las alturas del amor apasionado y la miró con los más dulces ojos y acercándose a ella, la besó largamente, con un beso lleno de pasión. Paula casi desmayó de emoción. Se miraron largamente y tomados de la mano, pactaron una relación formal.
Al poco tiempo, Oscar le ofreció matrimonio y le pidió a Paula ir a visitar a su padres para pedir su mano en matrimonio. Oscar no tenía padres, sólo su tía que lo quería como si fuera su hijo. Paula se encontraba en aprietos al no poder presentarle a sus padres y se pasó toda la noche pensando en la solución. Cuando amaneció, Paula le confesó parte de la verdad. Le dijo que no podía encontrar a sus padres, que habiéndola dado por desaparecida hacía años en un país lejano, se habían mudado y no habían dejado rastro de su paradero. Oscar prometió ayudarla a buscar a sus padres. El matrimonio fue una celebración pequeña, privada de la familia de Oscar y todos recibieron a Paula con los brazos abiertos, dispuestos a darle todo su cariño. Paula, en medio de toda esta nueva aventura en su vida, olvidó su pasado triste con Juan y comenzó una vida nueva en una mansión bellísima, junto al hombre que amaba, en el principado de Mónaco. Llevó una vida acomodada, donde Oscar le ofreció todos los lujos a los que él mismo acostumbraba y la rodeó de todo su amor.
Algunas noches, Paula sentía la urgencia de mojar su piel y no dejar secar sus escamas escondida, así que le dijo a Oscar que sentía gran deleite al sumergirse en el agua y nadar un rato en las noches en la pileta del jardín, lo cual Oscar lo tomó como un detalle único de su mujer, pero gracioso, y la dejó ir a bañarse sin darle importancia. Paula regresaba cada vez refrescada y alegre. Al meterse en el agua, las escamas afloraban y una vez más despidiendo ese brillo turquesa que hacía brillar la pileta de forma especial.
Paula, en un estado de éxtasis, dejaba salir un canto único con su voz de sirena, pero tenía cuidado que no llegase a oídos de Oscar, quien que se encontraba en la habitación.
Una noche, Oscar salió al balcón y vio a Paula salir de la pileta. Al verla tan bella, la miró más enamorado que nunca, pero con tristeza en el corazón. Oscar atesoraba en su corazón un secreto que no compartía con ella, y ahora atesoraba también ese amor con más fuerza. “Oh, Paula, si supieras quien soy”, se decía Oscar calladamente.
Al poco tiempo de casados Paula esperaba un hijo, y dio a luz un precioso varón. Paula estaba sorprendida y por alguna razón, Oscar también. “¿Cómo es posible que haya tenido un hijo con él si soy sirena?”, se decía. Y Oscar los miraba incrédulo y maravillado.
A los pocos meses le vino una gran depresión pensando: “No soporto la incertidumbre de no saber si Oscar realmente me ama, o es el hechizo de la flauta mágica.Tampoco soportaría ser rechazada si descubre que soy sirena. Necesito a mi familia, no puedo seguir así”.
Angustiada ante la idea, se dirigió a Oscar diciendo: “Cariño, me harías muy feliz si me llevases en el bote mar adentro, quizá la brisa marina me haga bien”. Ella tenía la intención oculta de despedirse y quedarse en el mar con los suyos.
“Hubiera sido mejor decirle a Oscar la verdad desde el principio, porque ahora vivo sufriendo y en duda por mis propios errores. No soporto vivir así”. Pensó Paula, con la mirada triste.
Ya en el bote, los dos en altamar, Paula tomó una decisión muy grande en su corazón y dijo: “Oscar, debo hacerte una confesión. Sabes cuanto te amo. Y ahora me duele mucho no haberte dicho la verdad antes, pero mi naturaleza no es igual a la tuya. Mi familia y yo venimos de las profundidades del océano, somos seres marinos. Soy una sirena. Tuve miedo que no me amaras si te lo decía y te lo he venido ocultando todos estos años. No me explico cómo salí encinta y tuve un hijo tuyo, pero te amo con todo mi corazón y estoy muy feliz que haya sucedido así. También debo confesarte que yo te hechizé con la música de una flauta mágica, para que te enamores de mí, o sea que nuestro amor no es real. Ahora, debo despedirme y volver al mar, porque como verás, no merezco tu amor”. Y diciendo esto, mostró sus escamas y se sentó en la orilla del bote. No tuvo el coraje de mirar a Oscar para decirle adiós, y suavemente se deslizó del bote. Con lágrimas que se mezclaron con el agua salada, volteó para ver una vez más a Oscar. Pero se quedó sorprendida al ver su cara...
Oscar, la estaba mirando con los ojos más dulces y serenos que ella jamás haya visto y con una bella sonrisa. Lleno de gozo exclamó: “¡Amor mío! ¡No sabes cuanta alegría me da que me digas esto, pues yo también debo hacerte una confesión!. Todo este tiempo yo te oculté quien soy”, y diciendo esto abrió los brazos y dijo: “Yo soy... El Príncipe de los Siete Mares!”.
Al escuchar esto, Paula se quedó perpleja, y sus escamas comenzaron a brillar un turquesa etéreo en el agua.
Oscar prosiguió diciendo: “Pensé que creerías que era un loco. Mis padres sufrieron una tragedia y me dejaron en la costa cuando yo era niño. Mi tía me adoptó y me crió con mucho amor. Luego cuando crecí, un día en la playa mi madre se presentó y me dijo la verdad. Cuando te vi venir en la playa, te fui a buscar porque sentí una atracción sin igual, sin saber la razón. Me casé contigo con temor también, pero nuestro hijo ha sido un fruto de nuestro amor, somos iguales tú y yo. Y tu flauta mágica ... no me afectó porque soy como tú. Como entenderás, mi amor es verdadero y sin fin. ¡Yo te amo Paula!”.
Y diciendo esto, de pronto escucharon cantos de muchas voces emergiendo de las aguas, en medio de resplandores turquesas. Todas las sirenas comenzaron a nadar alrededor del bote y en un bramido de las aguas, se formó una ola colosal que obedeciendo la órdenes de Oscar, delicadamente tomó el cuerpo frágil y débil de Paula y lo levantó de las aguas. Emanó una luz azulada etérea que rodeó a Paula. Oscar asumió el principado de los poderes marinos y presentó a su esposa Paula y su hijo a todas las criaturas marinas.
Paula, en medio su asombro, vio salir de entre la multitud de criaturas a su familia largamente ausente, que en un gozo sin límites, se reunieron otra vez.
Se iniciaba así, un nuevo capítulo en su vida. Cuando todo parecía estar perdido y en la resignación definitiva en la que se encontraba, a la renovación completa de su vida, y más de lo que su imaginación hubiera podido llegar. Al tener el coraje de confesar la verdad, contra toda esperanza.
Eventualmente regresaron a su casa a visitar a su tía. Luego hicieron grandes travesías en el mar, disfrutando de su Principado de los Siete Mares.
sábado, 7 de enero de 2017
El Gran Universo en el Pequeño Hipocampo
El gato se metió por la ventana, para recobrar el hipocampo del acuario de la tienda china, que había sido regalo del Fakir de la isla de Creta. Salieron a su encuentro tres salamandras que habían estado escondidas en el baúl, atacándolo con dentadas implacables. El gato logró robar el hipocampo y se lo llevó a su amo, Aníbal, en lo alto del faro. Este hipocampo había sido el motivo de muchos pleitos con su hermano Hugo, desde el día que dejaron el barco, regresando de su viaje a la isla. Allá habían conocido al fakir del anfiteatro, quién les había revelado el secreto de los hipocampos. Hugo, práctico y mundano, se mostró muy incrédulo, pero Aníbal en su mente imaginativa, decidió seguir indagando y practicando, completamente intrigado con el misterio. Hugo había desaparecido el hipocampo, tratando de salvar a su hermano, y se lo había vendido a un coleccionista de rarezas en el barrio chino de la localidad. Pero el gato de Aníbal, lo había seguido, descubriendo su paradero.
En el sótano del faro, Aníbal había estado toda la mañana trabajando en el trapiche para sacar sumo de azúcar y tener qué vender en el camino. Con esa plata tendría con qué comer. El gato lo acompañaba a todas partes, y llevaba en su cuello una botellita de agua con el hipocampo nadando en su interior.
No se podría decir que Hugo, dueño de un banco, estaba muy orgulloso de su hermano Aníbal, quien se paseaba por las calles como un lunático, sin rumbo alguno.
No se podría decir que Hugo, dueño de un banco, estaba muy orgulloso de su hermano Aníbal, quien se paseaba por las calles como un lunático, sin rumbo alguno.
En las noches, Aníbal iba con una luz en la mano, buscando debajo del puente, los fascinantes hipocampos miniatura, que salían en sus paseos nocturnos en el borde del río. Luego los ponía en su botella y los sumaba a los demás en el acuario del faro.
Desde el faro, Aníbal podía divisar los barcos que se acercaban a la playa, pero también podía divisar los seres que flotaban en el cielo, en la fase beta, observando la ciudad. Muy a menudo, estos fatuos personajes, dictaban sus sentencias basadas en sus mentes siderales, venidas de lejanas nebulosas galácticas. Se presentaban con su acostumbrada intención de salvar el planeta, cambiando el clima con insistencia.
Hugo estaba sumamente preocupado por Aníbal, que siempre parecía caminar mirando al cielo, con sus pantalones de mezclilla, para presentarse en las altas oficinas del banco, mientras Hugo, metrosexual como siempre, se avergonzaba de su hermano, que visto a través de su lente mundano, parecía un vagabundo. Hugo, en su modo pesimista de siempre, interrogaba a Aníbal pesadamente por horas, llamándolo petiso, papagayo y cualquier nombre para pantalla ante sus amigos semidioses. Se podría decir que era muy selectivo con sus amigos, los escogía problemáticos y plañideros. Se sentaban con el revolver en la mano, dándole giros a rienda suelta, hasta que alguno de los ahí presentes terminaban con rigor mortis. La superficialidad de sus conversaciones eran repulsivas, unos con toscos ademanes de orangután y otros con agresivo comportamiento de mandril. Se sentían majestuosos.
Desde el faro, Aníbal podía divisar los barcos que se acercaban a la playa, pero también podía divisar los seres que flotaban en el cielo, en la fase beta, observando la ciudad. Muy a menudo, estos fatuos personajes, dictaban sus sentencias basadas en sus mentes siderales, venidas de lejanas nebulosas galácticas. Se presentaban con su acostumbrada intención de salvar el planeta, cambiando el clima con insistencia.
Hugo estaba sumamente preocupado por Aníbal, que siempre parecía caminar mirando al cielo, con sus pantalones de mezclilla, para presentarse en las altas oficinas del banco, mientras Hugo, metrosexual como siempre, se avergonzaba de su hermano, que visto a través de su lente mundano, parecía un vagabundo. Hugo, en su modo pesimista de siempre, interrogaba a Aníbal pesadamente por horas, llamándolo petiso, papagayo y cualquier nombre para pantalla ante sus amigos semidioses. Se podría decir que era muy selectivo con sus amigos, los escogía problemáticos y plañideros. Se sentaban con el revolver en la mano, dándole giros a rienda suelta, hasta que alguno de los ahí presentes terminaban con rigor mortis. La superficialidad de sus conversaciones eran repulsivas, unos con toscos ademanes de orangután y otros con agresivo comportamiento de mandril. Se sentían majestuosos.
Cuando se trataba de Aníbal, Hugo se parecía a un estetoscopio, lograba escuchar el sonido lejano de la verdad, pero no llegaba a asimilarla del todo, porque le faltaba una parte de ella, una parte básica y elemental. En el fondo sabía que Aníbal escondía una verdad absolutamente fenomenal, pero no llegaba a identificarla. Trataba de entenderlo desesperadamente. Pensaba tan frenéticamente acerca de su actitud, que sufría de hipoxia y se desmayaba para encontrarlo más tarde sin conocimiento, frente a la chimenea. El gato rosa, como si entendiera, lo guiaba cerca al calor cuando Hugo comenzaba a entrar en este trance de búsqueda mental, para que no vaya a caer en hipotermia en el frío de su escritorio.
El acuario con hipocampos le servía a Aníbal como centro de enfoque en sus viajes astrales al centro galáctico. Se había figurado la manera de viajar etéreamente por el extenso universo en forma de ente por medio de los filamentos a travez de los agujeros negros. Pasaba así a otros universos, viajaba por los centros de reunión de cada civilización. Con su incansable empatía, lograba hacer contacto con géneros de otro orden, llevando sus fábulas consigo, fabricadas en sus momentos de absoluta claridad mental. Su existencialismo lo llevaba a explorar y experimentar con la observación desde los faros, y luego haciendo contacto con los entes visitantes.
Hugo, en su absoluta ignorancia de los hechos, lo perseguía con insistencia, desde su saber mundano, sin ni siquiera poder imaginar los alcances de las conexiones de su hermano Aníbal.
Una tarde, Hugo decidió invitar a Aníbal a una copa, y le presentó unas bellezas de rizos y faldas cortas con labios rubí. Lo miraban como quien mira a un exiliado del mundo. Aníbal, con la mente totalmente clara, no les llamaba la atención. Ellas, con esa actitud de esclavitud al mundo banal, lo desvestían con la mirada. Aníbal, de porte esbelto y ojos gatunos sombreados por un mechón dorado que caía despreocupado, las miraba sin perturbarse. Ellas desmayaban junto a él, sin que él se inquiete lo más mínimo. Se sentaron los dos en esta mesa tornasolada por las luces del lugar en penumbra, rodeados por estas mujeres pueriles, que parecieran derretirse en el asiento. - Vamos, tómate este trago de un sorbo y dime lo que temes y lo que amas. Eres para mí un misterio, hermano.- le dijo Hugo. - Aquí las más hermosas mujeres del lugar, para que escojas. Luego piensa en lo buena que es la vida contigo. No vas a ningún lado con tu actitud desmesurada.- Aníbal siguió tomando su trago y se reclinó en el asiento. Se acercó al oído de Hugo y le dijo en secreto: - dame una oportunidad de credulidad en mi proyecto y verás la vida como realmente es, no como la ves en tu sueño imaginado -. Hugo se lanzó a él como un escorpión con el aguijón listo a eliminarlo, desesperado por la incógnita incomprensible, pero Aníbal se retiró del lugar sin mirar atrás y dejó pasar el momento, para otra futura ocasión.
Hugo siguió en su oficina, rellenando recuadros de papel con números que significaban su vida entera, mientras en el otro extremo, Aníbal tenía otra vida, vivía feliz, tan sólo mirando sus hipocampos acuáticos, con los que siguió viajando por los universos escondidos y visitando civilizaciones distantes. Realidades de sueños, y sueños de realidades.
martes, 20 de diciembre de 2016
Marisol y Las Semillas de Girasol
![]() |
| (Recorta a la muñeca Marisol y sus vestidos de papel) |
"Marisol y las semillas de girasol"
Marisol fue al bosque, con su cabello revoltoso y bucles cayendo sobre sus hombros cual dulces pétalos, sonreía a su paso a todas las flores y pequeños animales que la miraban pasar. Hablaba con los pajarillos y escuchaba las historias que los árboles contaban esa mañana. La noche anterior había habido una gran tormenta y un huevo había caído de su nido. Todos comentaban sobre el huevo aquél, que ya debería estar naciendo un polluelo.
La bella y tierna Marisol, daba giros con su falda blanca de algodón y se detenía a cada instante para contemplar los caminos de los caracoles en sus tornasolados caparazones. Los caracoles se arrastraban por las hojas y las ramas del suelo. Lentos y elegantes iban dejando su huella brillante al pasar.
Las hormigas caminaban apuradas buscando con insistencia pedacitos de azúcar y restos de miel. Levantando cualquier cosita interesante que encontrasen por el camino. La reina sabionda fabricaba con finos brocados de estambres misteriosos, las jugosas celdas para las bebés recién nacidas. Acolchadas en sus nuevas camitas, llenaba de miel las celdas para alimentarlas con la más dulce colección de néctares del bosque. Calladitas dormían las nuevas crías, retoñitos amorosos de las madres atentas.
Las hormigas caminaban apuradas buscando con insistencia pedacitos de azúcar y restos de miel. Levantando cualquier cosita interesante que encontrasen por el camino. La reina sabionda fabricaba con finos brocados de estambres misteriosos, las jugosas celdas para las bebés recién nacidas. Acolchadas en sus nuevas camitas, llenaba de miel las celdas para alimentarlas con la más dulce colección de néctares del bosque. Calladitas dormían las nuevas crías, retoñitos amorosos de las madres atentas.
La pequeña Marisol veía todo y lo investigaba a fondo. ¿Tenemos nuevas hormiguitas hoy? ¿Que están buscando las traviesas? Les ponía un poquito de azúcar para entretenerlas y ayudarlas a juntar sus reservas.
Marisol hablaba con los pequeños gusanillos que asomaban en el gras, pequeñas cabecitas que se movían, iban y venían comiendo tierra al andar. Cuanta sabia naturaleza la rodeaba, cada animalito en su casita o trabajando en algo diligente. Así se paseaba por el jardín de su abuelita, recogiendo cerezas del cerezo de la esquina. Gozando de cada detalle casi invisible pero lleno de perfección.
Marisol hablaba con los pequeños gusanillos que asomaban en el gras, pequeñas cabecitas que se movían, iban y venían comiendo tierra al andar. Cuanta sabia naturaleza la rodeaba, cada animalito en su casita o trabajando en algo diligente. Así se paseaba por el jardín de su abuelita, recogiendo cerezas del cerezo de la esquina. Gozando de cada detalle casi invisible pero lleno de perfección.
Eres para mí y yo soy para tí. Somos todos amiguitos y todos nos ayudamos y observamos. Nos asustamos los unos de los otros también. Y si las cosas no van muy bien, nos retiramos para darle paz al otro. Y si nos toca ser el almuerzo de alguien, peleamos, pero que se hará, volvemos a la tierra y volveremos a nacer. Otra carita cada día, otro color y textura. La naturaleza hace sus combinaciones sabias, cada elemento a su destino, cada señal en la dirección adecuada. Si no hay ese elemento, lo crea. Si algo resulta fuera de foco, lo cambia y renueva otro. La naturaleza va y viene siempre, creando y recreando.
Avanza el agua en su dirección con fuerza, con los vientos y las ondas lunares que la empujan. La gravedad que la lanza de las alturas por los ríos hasta el océano. Agua que en vaporosas andanzas avanza en el calor hasta el cielo, para volver a caer en diminutas esferas, splash, splash. Cristal en movimiento, cristal atraído por la gravedad imponente. Atrae a sí, atrae a su centro todo lo que puede. Agujero negro que se traga todo lo que puede y nos mantiene pegados a la superficie, que nos separa de él, con todo lo que somos y lo que tenemos. Gravedad sin misericordia, egoísta como ella sola. Todo para mí, todo para mí. Espíritu sin compasión ni paciencia.
Avanza el agua en su dirección con fuerza, con los vientos y las ondas lunares que la empujan. La gravedad que la lanza de las alturas por los ríos hasta el océano. Agua que en vaporosas andanzas avanza en el calor hasta el cielo, para volver a caer en diminutas esferas, splash, splash. Cristal en movimiento, cristal atraído por la gravedad imponente. Atrae a sí, atrae a su centro todo lo que puede. Agujero negro que se traga todo lo que puede y nos mantiene pegados a la superficie, que nos separa de él, con todo lo que somos y lo que tenemos. Gravedad sin misericordia, egoísta como ella sola. Todo para mí, todo para mí. Espíritu sin compasión ni paciencia.
Marisol comió una semilla de girasol encantada y corrió por los campos, sintiendo la energía correr por sus miembros y comenzó a girar en aspas de molinos. Por un momento creyó engañar a la gravedad y jugar con ella. Redondas aspas, con sus manos y pies estirados, señalando el cielo y la tierra, el cielo y la tierra, aspas y más aspas de molinos.
¡Mira! El sol brilla tanto hoy que las flores que están de par en par mirándolo. Las hojas abiertas, recibiendo todo su esplendor ¡en una fotosíntesis perfecta! Tantos círculos dio Marisol que comenzó a hacerse pequeña y terminó en la cumbre de una colina de semillas negras. ¡Estaba en el centro de un girasol! ¡Esta tierra es maravillosa! ¿Cómo estas girasol? ¡Mira, vengo a visitarte! Tus semillas estrambóticas me están sosteniendo, fuertes y rechonchas.
¡Viene el ruiseñor ahora, Buenos días señor ruiseñor! ¿Me llevará de paseo hoy? Mire que aquí estoy esperando a subirme en su lomo para dar ese gran paseo por los bellos jardines del vecindario. El ruiseñor con un elegante gesto, bajó su cabeza y estiró el ala, a modo de alfombra para que la pequeña Marisol suba a su lomo. Y bien prendida de las plumas, emprendió el gran viaje por los aires del barrio.
Mira mi dulce Marisol, aqui te paseo con gran cuidado ¡por las alturas del vecindario amigo! Dijo el pequeño ruiseñor. Y batiendo sus alas con mucho cuidado de no dejar caer a la pequeña Marisol, dio volteretas, aterrizando suavemente en uno de los cercos vecinos.
El gato Agapeo se acercó a darle los buenos días a la pequeña Marisol, con un tierno ronroneo. Miren quién nos viene a visitar esta mañana. Le cuento que nuestro vecindario es el mejor de la ciudad, tenemos los más gentiles amos que hayamos podido desear. Nos preparan los mejores rincones con los más mullidos cojines. Nos llenan los platos de los más exquisitos manjares y acarician nuestro pelaje, dedicando toda su atención y su tiempo, haciéndonos sentir como reyes.
Como demostración de aprecio, pequeña Marisol, te enseñaré un escondite que las mascotas del barrio hemos hecho para proteger a la más preciosa cría de venado que haya cruzado el lugar. Lo tenemos en una pequeña cueva detrás de la fuente de agua.
Y así el gato llevó en su lomo a la niña, quien con mucha alegría viajó al lugar escondido en el lomo de este hermoso felino. Era como viajar en una alfombra muy suave y tibia.
Al llegar a al cueva, Marisol comió una semilla mágica de girasol que había guardado, que la hizo crecer otra vez al tamaño normal. Y conversando con los gatos y pajarillos del lugar, le presentaron al más dulce cervatillo que se haya podido imaginar. El cervatillo a su vez, la miró con ojos grandes y tiernos, sintiéndose protegido por Marisol y los animales que lo rodeaban.
La pequeña Marisol consiguió lo necesario para alimentarlo y le dió leche con un biberón. El cervatillo se convirtió en su tesoro escondido. Gozaba en ir cada día a darle de comer y acariciarlo. Hasta que llegó el día en que el joven venado se levantó y en medio del adiós de todos los que lo rodeaban, partió a la carrera y se escondió en el bosque.
Todos lo despidieron con cierta melancolía pero se sintieron orgullosos de haberlo ayudado a sobrevivir y luego verlo partir sano y seguro de sí mismo para ser independiente.
¡Mira! El sol brilla tanto hoy que las flores que están de par en par mirándolo. Las hojas abiertas, recibiendo todo su esplendor ¡en una fotosíntesis perfecta! Tantos círculos dio Marisol que comenzó a hacerse pequeña y terminó en la cumbre de una colina de semillas negras. ¡Estaba en el centro de un girasol! ¡Esta tierra es maravillosa! ¿Cómo estas girasol? ¡Mira, vengo a visitarte! Tus semillas estrambóticas me están sosteniendo, fuertes y rechonchas.
¡Viene el ruiseñor ahora, Buenos días señor ruiseñor! ¿Me llevará de paseo hoy? Mire que aquí estoy esperando a subirme en su lomo para dar ese gran paseo por los bellos jardines del vecindario. El ruiseñor con un elegante gesto, bajó su cabeza y estiró el ala, a modo de alfombra para que la pequeña Marisol suba a su lomo. Y bien prendida de las plumas, emprendió el gran viaje por los aires del barrio.
Mira mi dulce Marisol, aqui te paseo con gran cuidado ¡por las alturas del vecindario amigo! Dijo el pequeño ruiseñor. Y batiendo sus alas con mucho cuidado de no dejar caer a la pequeña Marisol, dio volteretas, aterrizando suavemente en uno de los cercos vecinos.
El gato Agapeo se acercó a darle los buenos días a la pequeña Marisol, con un tierno ronroneo. Miren quién nos viene a visitar esta mañana. Le cuento que nuestro vecindario es el mejor de la ciudad, tenemos los más gentiles amos que hayamos podido desear. Nos preparan los mejores rincones con los más mullidos cojines. Nos llenan los platos de los más exquisitos manjares y acarician nuestro pelaje, dedicando toda su atención y su tiempo, haciéndonos sentir como reyes.
Como demostración de aprecio, pequeña Marisol, te enseñaré un escondite que las mascotas del barrio hemos hecho para proteger a la más preciosa cría de venado que haya cruzado el lugar. Lo tenemos en una pequeña cueva detrás de la fuente de agua.
Y así el gato llevó en su lomo a la niña, quien con mucha alegría viajó al lugar escondido en el lomo de este hermoso felino. Era como viajar en una alfombra muy suave y tibia.
Al llegar a al cueva, Marisol comió una semilla mágica de girasol que había guardado, que la hizo crecer otra vez al tamaño normal. Y conversando con los gatos y pajarillos del lugar, le presentaron al más dulce cervatillo que se haya podido imaginar. El cervatillo a su vez, la miró con ojos grandes y tiernos, sintiéndose protegido por Marisol y los animales que lo rodeaban.
La pequeña Marisol consiguió lo necesario para alimentarlo y le dió leche con un biberón. El cervatillo se convirtió en su tesoro escondido. Gozaba en ir cada día a darle de comer y acariciarlo. Hasta que llegó el día en que el joven venado se levantó y en medio del adiós de todos los que lo rodeaban, partió a la carrera y se escondió en el bosque.
Todos lo despidieron con cierta melancolía pero se sintieron orgullosos de haberlo ayudado a sobrevivir y luego verlo partir sano y seguro de sí mismo para ser independiente.
Marisol, en su pequeño mundo, se sentía muy feliz de compartir su vida con los seres de la naturaleza, quienes le demostraban confianza y la aceptaban cada día como su familia. Y así pasó un día más en su vida extraordinaria, que la naturaleza le daba con bondad y en abundancia.
Josefina en el País de las Máscaras
La estación del tren la esperaba, Josefina daba los últimos abrazos de despedida. Había sido una visita inolvidable, el comienzo de una primavera sin igual. Sabía que esa no sería la última vez que pisaba ese país, alguien había robado su corazón para siempre.
Dias antes se había paseado por las fascinantes ciudades italianas acompañada de su amiga Rosella, con quien tomada del brazo caminó la calle empedrada, mirando las vitrinas con los mejores cortes italianos, pero sobre todo, pasando al lado de los italianos más guapos y elegantes. No olvidará las dulces canciones italianas que la acompañaron todo el viaje, con sus pegajosos estribillos que salían de los acogedores restaurantes, adornados con alegres cortinas rayadas.
El paseo por los inmensos jardines románticos de Boboli, con sus arbustos y enredaderas encaramadas en los frondosos arcos, de aroma embriagador fue un verdadero placer. Mientras Josefina se asomaba entre las estatuas griegas, rodeando los pies de mármol para que Rosella le tome una foto, vieron las dos pasar de lejos al guapísimo príncipe Giuseppe, seguido de su corte. Las dos suspiraron y soñaron en bailar algún día con él.
Las dos se pasearon por Venecia en góndolas, luego caminaron por los angostos pasajes de la ciudad, con pequeñas ventanas en lo alto de los muros, cubiertos de musgo y carcomidos por la antigüedad. Vestidas con románticos faldones y blusas de encaje, caminaron hasta encontrar un taller de esculturas de vidrio y se detuvieron a contemplar. Los artesanos trabajaban el vidrio y lo inflaban con tubos especiales. Lo calentaban en el horno chispeante, luego rodando y martillando los cristales de colores, los mezclaban para crear con la luz, una ilusión de movimiento con líneas circulares multicolor. Luego formaban las botellas, bajando el vidrio derretido en forma de gota y allanando el fondo.
Con ojos soñadores, Josefina contemplaba el trabajo en vidrio, cuando de pronto vio una cara a través de la vitrina que la miraba con ojos penetrantes. Un rostro muy fino, la miraba discretamente a través de los cristales. Josefina se sintió transportada con la mirada. De pronto, en un instante, se detuvo la magia, la cara desapareció y Rosella la tomó de la mano riéndose y la jaló hacia una góndola donde las esperaba un gondolero.
- ¡La búsqueda del tesoro! ¡Nos hemos inscrito en la búsqueda del tesoro en Venecia! Josefa, pensando todavía en los ojos que la habían mirado intensamente, avanzó confundida y siguió a Rosella en sus zapatitos de terciopelo. Bajó por las escalinatas del bote, rodeándose de almohadones bordados con aves del paraíso, sobre los asientos adornados con máscaras de yeso emplumadas. Las dos emprendieron la búsqueda del tesoro veneciano por los canales, entre otros concursantes del lugar. Josefa no podía dejar de pensar en el joven que la miró en la tienda, sentía que tenía que verlo otra vez.
Rosella, entusiasmada con la búsqueda del tesoro, guiaba al gondolero con las señales que iba encontrando, pues no quedaba mucho tiempo. Encontraron una pista en el puente, un mimo hacía la mímica de saber el secreto y les hizo señales, Josefina lo miró y creyó entender la señal: - Rosella, vayamos en la siguiente esquina a la derecha, según el mimo, es el escondite - Rosella le guiñó el ojo y le dio la señal al gondolero.
El gondolero remaba serenamente, con mano firme batía el remo, ondeaba el agua oscura a su paso, avanzando el bote suavemente. Rodeó el borde de la góndola con la mirada y las miró de reojo sobre el hombro. Súbitamente giró en la esquina y todo se tornó oscuro y tenebroso. Se escuchaba un tintineo en el extremo de la embarcación. La máscara de yeso perfilaba su forma contra la luz del horizonte a través del estrecho canal que se fue angostando más y más, con oscuros escalones resbaladizos sumergidos en el agua. Todo calló, las melodías alegres quedaron atrás.
- Señoritas, este es su destino - dijo quedamente el gondolero. Se quitó el sombrero y extendió la capa azabache. Se dio la vuelta mostrando su máscara blanca y las miró con sus ojos brillantes a través de las rendijas. Les tendió la mano y se abrió una puerta en la penumbra del edificio. Salió un misterioso personaje con sombrero rojo. Detrás de él una enmascarada azul asomó, y una pequeña varita iluminada apareció. Sorpresivamente, retumbaron tambores y trompetas, se iluminó la puerta con radiantes colores y confeti brillante salía por puertas y ventanas. Emergieron en el agua toda clase de lámparas de luces multicolores, descendieron un millar de globos blancos de lo alto. De pronto una voz resonó: - ¡Han encontrado el lugar del tesoro, bellas venecianas, su corona y tesoro las esperan!
Josefina y Rosella no podían recuperarse de la impresión, la siniestra callejuela que las tenía en un momento acorraladas con sombras y grotescas figuras, ¡vino a ser la celebración de la victoria! Rosella y Josefina bailaban entre los cojines y alforjas de la góndola, saltando y riendo.
Ayudadas por el gondolero, que se transformó en un galán y esbelto caballero, subieron los pintorescos peldaños y entraron por la pequeña entrada a la mansión. Las esperaban doncellas con preciosos vestidos vieneses de organdí y fragancias de almendras y jazmín, para vestirlas de fiesta, cual elegantes damas reales. Pasaron por velos y baúles, hasta llegar a un gran salón, donde bailaban arlequines y damiselas al son del allegro del clarín. Una gran banda musical celebraba con algarabía su entrada triunfal.
Coronadas de azucenas y claveles, se sentaron junto a la bellísima reina de la primavera, quien las presentó como invitadas ilustres al gran baile de Máscaras Venecianas. Serían las primeras en bailar con el Príncipe Giuseppe. Cuando el príncipe se acercó a Josefina para sacarla a bailar, ella reconoció los ojos finos y elegantes que la habían mirado fijamente en la vitrina de cristales. Josefina se sintió desmayar y el Príncipe la tomó suavemente en sus brazos, diciéndole al oído - "hoy encontré a la Princesa con la que me voy a casar".
Ramón y Karina se van al Bosque
El sol esta radiante y a Karina y a mí nos ha provocado irnos de picnic. Estamos a mitad de la primavera y el clima esta de maravilla. Los dos estamos cansados de haber trabajado duro toda la semana y merecemos un buen descanso y desconectarnos del mundo por una horas. En la tienda venden unas manzanas frescas y nos vendrá bien un vinito y unas empanadas de queso. Un tapete y un poco de música harán que nuestro día sea diferente. Estamos tan cansados de trabajar, es tan aburrido trabajar entre cuatro paredes, en una oficina, para luego ir a la casa, sentarse un rato a ver televisión, hasta que me quedo dormido. Luego si es que tengo energía, invito a Karina al cine, a tomar un helado y de vuelta a la casa a lo mismo. Pagar cuentas y ocuparme de las cosas cotidianas. A veces me gustaría salir a unas largas vacaciones con Karina y olvidarme de todo. Es incluso difícil sacar sincronizar en nuestras vacaciones. Cómo me gustaría cambiar de trabajo, pero esta compañía me da beneficios, retiro y seguro de salud que ninguna compañía ofrece. No me queda otra que seguir trabajando aquí, qué le haré. Bueno, al menos hoy nos iremos de paseo a relajarnos un rato a ver el paisaje y respirar aire puro.
Así, Ramón y Karina salieron al state park, preparados para subir algunas colinas y divertirse en una entretenida caminata, tomando un poco de sol. Llegaron al parque, rodeado de bosques y se instalaron con un pequeño tapete de tela cuadriculada y sacaron unos suculentos sandwiches. Karina sacó una botella de vino, y mientras sonaba una romántica canción, Ramón la miraba extasiado, enamorado, deseando que ese momento no pase jamás. Se la pasaban tan bien ahí.
Karina se quedó mirando el bosque un rato, y con una sonrisa traviesa le dijo a Ramón, que te parece si nos vamos caminando, recogiendo unas semillas de flores silvestres y vemos por donde pasa el río, me parece que es en esa dirección. Sería entretenido internarnos en el bosque y caminar un rato. Por último, si nos perdemos tenemos GPS y volvemos.
Ramón la complació y con una bolsa en la mano y una botella de agua, comenzaron una caminata y se internaron en el bosque, atraídos por unas flores rojas que se veían no muy lejos de donde estaban.
Karina me ha pedido caminar para recoger unas semillas, creo que es una buena idea para estirar un poco las piernas. Aparte que será divertido investigar el bosque. Vamos caminando y es muy bonito, hay ramas secas en el camino y encontramos algunas plantas que nunca vi. Quizá estas plantas están solamente en las zonas donde nadie va. Karina esta contenta caminando. Ya hemos caminado como unos quince minutos y parece que estamos bastante lejos del carro. Pero es tan agradable acá que creo que seguiremos caminando un buen rato porque se respira aire tan puro y todo parece tan acogedor que no me preocupa. Quiero ver si llegamos a alguna fuente de agua para ver si quizá vemos algunos peces o una caída de agua que nos refresque un poco. No hace calor, el clima es muy agradable. - Amor, ¿te atreverías a quedarte por estas rocas a pasar la noche?, parece un buen sitio. Puedo practica hacer un refugio de palos como me enseñaron en los scouts para que nos proteja del frío o cualquier animal.
Ramón me ha venido con esta idea de quedarnos a pasar la noche a la intemperie, la verdad no lo había pensado, pero me parece una idea divertida. Yo creo que sería una bonita experiencia que nos uniría más como pareja y le doy una oportunidad de protegerme. Me gusta mucho investigar plantas y creo que podría ser una buena idea. Conectarnos con la tierra y sentir que somos parte de la naturaleza. Sería una buena manera de resetear nuestra mente y abrir nuestro espíritu a algo nuevo.
- Sí Ramón, creo que tienes una buena idea, creo que sería interesante para cambiar un poco. Te puedo ayudar a buscar algunos palos para armar el refugio que dices.
Ramón y Karina reunieron una buena cantidad de palos y Ramón los colocó de tal manera, cruzados de lado a lado, con un ángulo de 60 grados en la parte de arriba, que cómodamente podía entrar los dos echados adentro sin problema. La noche era un poco fresca, pero no estaba muy fría. Cuando el refugio estuvo terminado, los dos se echaron sobre una roca grande a ver estrellas fugaces, el cielo estaba muy claro y se podían ver fácilmente los astros, de diferentes tamaños, diferentes brillos y colores. Ramón le enseñó a Karina la ubicación de ciertas estrellas, la ubicación de ciertas constelaciones y Karina escuchaba con atención, con ojos soñadores. Cuando se les comenzaron a cerrar los ojos de sueño, decidieron meterse al refugio, y abrazados, pasaron la noche ahí.
Hmm, este es un día diferente, fuera de lo común. Me pregunto como estará mi carro, pero la verdad no me preocupa nada. Tener a Karina entre mis brazos es maravilloso y no lo pienso cambiar por nada. La voy a dejar que duerma un poco más. El sonido del bosque es tan diferente, me hace sentir tan libre, me da mucha paz. Creo que voy a seguir buscando más palos para seguir armando algo mas interesante. Pero primero creo que podemos caminar un poco más, quizá sería bueno encontrar un poco de agua ya que las botellas pronto se acabarán. - Hola mi amor, ya te despertaste. Te quiero mucho, me siento feliz de estar aquí contigo, parece un sueño.
Se levantaron y se sentaron un rato en una piedra pensando sobre la experiencia que habían tenido al decidirse pasar la noche en el bosque. Karina se fue detrás de un árbol para ir al baño, y vino sintiéndose mejor, sonriendo tímidamente. - Ramón, quieres caminar un poco a ver qué encontramos más allá? total, tenemos el GPS si nos perdemos. Mira, es domingo y tenemos todo el día. Y partieron la caminata, observando con detenimiento las nuevas plantas, insectos y pajaritos que veían por el camino. Karina se sentía segura de la mano de Ramón y él a su vez se sentía orgulloso de ser protector de su novia, y tenía muchas ganas de investigar más el bosque. Buscó en su bolsillo y encontró que tenía una cuchilla, pensó que le sería útil por si lo necesitaba. Siguieron caminando por una media hora, no había ningún rastro de ningún camino, avanzaban simplemente en el bosque entre árboles y plantas de todo tipo. Al rato, después de haber avanzado un buen trecho, llegaron a una especie de riachuelo pedregoso, con agua que corría limpia. Felices se acercaron, se quitaron los zapatos y se mojaron los pies, una sensación agradable. Se quedaron un buen rato, gozando del agua y viendo que estaba limpia, rellenaron sus botellas.
Me parece excelente que hajamos encontrado agua, hizo nuestro día mejor, ya me estaba dando sed y parece realmente limpia. En mi GPS pareciera que estuviésemos en medio de un bosque, sin nada cercano y se ve una pequeña linea azul como el riachuelo que estamos viendo. Estamos en el condado de Brunswick, pero no veo civilización cerca, es sólo el bosque y este riachuelo que esta frente a nosotros. Qué divertida manera de pasar un domingo… perdido en medio de el bosque y relajarse por completo, sin ninguna preocupación. Bueno, si me está dando un poco de hambre, me pregunto si hay algo comestible por aquí cerca. Comeremos estas galletas que tengo en el bolsillo por ahora. Ya veremos luego qué hacemos.
Este riachuelo parece interesante, vamos a caminar un poco siguiendo el riachuelo hacia la derecha a ver si el paisaje cambia un poco.
Siguieron caminando un rato más hacia la derecha y encontraron una roca muy grande, y otras rocas alrededor. El sitio era bastante interesante. Había como una ensenada donde se anchaba un poco el riachuelo, con un poco más de agua y los árboles se habrían un poco más dejando pasar la luz del sol de más ampliamente. Karina se puso a caminar alrededor del lugar animada, el sitio parecía bastante acogedor y la roca saliente le ofrecía cierta sombra y protección en caso llovía. Habían piedritas pequeñas al borde del río y algunos trozos de carbón natural.
La tarde estaba tibia y la caminata les había hecho entrar en calor. Viendo que estaban en la mitad del bosque, los dos se quitaron la ropa y se sentaron en las piedras por las que pasaba el agua, riéndose, se echaron en el agua y dejaron que les moje el cabello. Los dos echados, mirando al cielo con los brazos abiertos. Era una sensación de libertad increíble. - Qué buen domingo estamos pasando! - gritó Karina - esto es maravilloso! y Ramón se reía a carcajadas. Los dos se han puesto a chapotear en el agua, mojándose la cara y todo el cuerpo, gozando de la temperatura fría del agua, que parecía se iba calentando mientras más la sentían. Era un sitio adorable. Al rato salieron del agua y se recostaron acomodándose entre las piedras tibias, la sensación del sol en la piel era muy relajante. Los dos estaban tan alegres y encantados con el lugar que se olvidaron del mundo por completo. Luego de todo el ejercicio, Karina le dijo a Ramón - me está dando hambre, tienes algún plan? y Ramón se quedó pensando con los ojos muy abiertos porque él también tenía apetito y no había pensado mucho en qué hacer para remediarlo. Se puso a caminar descalzo alrededor, pensando, pero estaba tranquilo. Sabía que si Dios había permitido que llegase hasta ahí, era porque tenía algo para ellos, así que caminó alrededor con confianza y de pronto se topó con una pecana. La recogió y miró bien qué era, era una pecana! miró hacia arriba y se dio cuenta que estaba bajo un árbol de pecanas, ¡que tal bendición! así que quizo darle la sorpresa a Karina y le llevó algunas pecanas. Karina se rió a carcajadas, encantada por el hallazgo. - Ramón! me encantan las pacanas!. Se sentaron y comenzaron a abrir las pacanas piedra contra piedra. Estaban deliciosas. Comieron pacanas un buen rato hasta que se saciaron.
Se comenzó a hacer tarde y el sol se comenzó a ocultar. Los dos se pusieron un poco apesadumbrados de que el domingo se estaba acabando y se estaba haciendo tarde. Pronto sería de noche y al día siguiente lunes, de regreso al trabajo, a la oficina aburrida, a pagar cuentas y estar en medio de todo el barullo. El podía vivir con Karina en su departamento, pero siempre con la tensión del trabajo y las cuentas, los impuestos. Llegar tarde a la casa, ver la tele, comer algo y echarse a dormir. Ese era su día y todos los días. Algunos días se iban a pasear, con amigos y así, pero era siempre la tensión, la ciudad y su bulla.
- Sabes qué Karina? estuve pensando que nos podríamos quedar acá, es maravilloso y somos libres. - Ay Ramón, no estoy segura, y que vamos a hacer con el trabajo, las cuentas, la familia y amigos? le contestó Karina. Ramón le sonrió diciendo - en realidad no tendríamos que preocuparnos mayormente de nada, la vida es una y hay que vivirla en plenitud, no te parece? Karina pensó un rato, miró hacia arriba, hacia los lados y dijo - la verdad, estoy feliz aquí - tienes razón, no hay de qué preocuparse. Tenemos un pecano, un riachuelo y un techo de piedra… jajaja. Aparte de todo es que nos amamos y me siento muy feliz. La verdad que me siento harta de mi trabajo y de tener que pagar tantas cuentas y me estreso mucho todos los días. Ramón mirando su cara, sabiendo cómo se sentían los dos de tener que ir a trabajar al día siguiente con todo el stress, se echó de espaldas y se quedó mirando el cielo que estaba color anaranjado, con una imponentes nubes que reflejaban la luz del sol anaranjado con una brillantez casi irreal. - Mira, no queremos que nadie se preocupe por nosotros, si estamos contentos acá. No queremos que piensen que algo malo nos ha pasado, voy a enviar un texto a mis padres para que no se preocupen si no nos ven mañana. Karina también envió un texto a sus padres. - “Ramón y yo nos hemos ido fuera de la ciudad, nos hemos tomado unas vacaciones, no se preocupen, estamos bien”. Karina y Ramón no sabían exactamente en dónde estaban, pero de momento no les preocupaba porque se sentían libres, felices y con fé de que podían sobrevivir allí en la libertad del bosque, junto al agua.
Entre los dos recogieron unos palos secos que encontraron dando vueltas, no muy lejos y los arrastraron cerca de la gran roca. Los pusieron arrimados contra la roca, formando como una tiendita. Luego se pusieron su ropa que estaba en las rocas, mientras masticaban unas pacanas más y se sentaron en una roca a ver la luna que había salido redonda. Sentían el aire fresco de la noche en la cara. Los sonidos del bosque eran distintos de los de la ciudad. Se escuchaban diferentes animales. Pero ellos no tenían miedo, los dos eran personas de fé y sabían que tenían un Padre en los cielos que los cuidaba. Los dos juntaron sus manos y rezaron juntos un Padre Nuestro. Abrieron los ojos, se besaron tiernamente y se fueron caminando a la cobachita que acababan de armar. Sintieron que habían empezado una nueva vida juntos. Los dos cogieron sus teléfonos celulares y los apagaron, no los necesitaban, no necesitaban a nadie ni nada. Se tenían uno al otro y los dos tenían a Dios en medio de ellos. Qué más necesitaban. Se miraron dulcemente, se sintieron completamente liberados. Pusieron unas hojas en la tierra bajo la piedra, bajo la covacha que hicieron y se amaron tiernamente. Se quedaron dormidos, mirando las estrellas en el cielo, más brillantes que nunca, tan suyas y ellos eran tan de las estrellas como nunca se hubiesen imaginado.
Esa noche llovió, les salpicó un poco el agua, pero no les importó. Sus mentes estaban soñando con el amor que se daban uno al otro, sin preocupaciones, sin tensiones ni ruidos de medios de comunicación. Era totalmente pacífico y libre.
En la mañana las aves cantaban en los arboles cercanos, se levantaron los dos y decidieron dar un paseo alrededor de las rocas donde estaban. El paseo debía ser en redondo. Llevaron piedritas en los bolsillos y las fueron dejando en su camino. Dieron un círculo alrededor de la roca y fueron alrededor sin perder de vista la roca, siempre dejando piedrecitas en el camino y luego volvieron a la roca. Ahora conocían un poco más lejos, pero estando en el mismo sitio, sin perderse. Después de eso investigaron todo lo que pudieron dentro de ese círculo, investigaron qué plantas tenían, que tipo de suelo era, y recogieron más ramas para ampliar la cobachita. A la covacha le aumentaron una especie de pequeña pared de palos secos, como de media luna, que iba desde un lado de la piedra hasta el otro lado. Para protegerse de cualquier animal que viniese en la noche, pesar que no sentían real ansiedad por eso.
Esa noche, prendieron un fuego, la noche estaba más fresca. Usaron para prenderlo, el carbón que estaba al borde del rio, haciendo la chispa con la piedra y luego prendiendo pajas. Se sentaron junto al fuego los dos y Ramón comenzó a cantar una canción, llevando el ritmo con dos palitos, y Karina llevaba el ritmo con dos piedras. Se sintieron parte de la música y los dos cantaban juntos. Se pararon y comenzaron a bailar al ritmo de la canción. Sentían su amor muy vivo mientras bailaban. Era tan maravilloso estar juntos compartiendo, sin tensiones ni apuros. Se sentaron junto al fuego y en una especie de petate que Karina había estado tejiendo con unas hojas de gras largas, se abrazaron y se quedaron dormidos.
A media noche, sintieron un ruido, como de unas pisadas. Ramón se despertó y mirando alrededor vio acercarse a un venado. Se acercó a ellos y Ramón lo acarició y le dio a comer algunas hojas de gras que había quedado. El venado, joven, acercó su nariz a Karina, la olfateó y luego se echó a una distancia de siete pies de ellos, como haciéndoles compañía. La luz de la luna los iluminaba con su reflejo azul, Karina dormía junto a Ramón y el venado acompañándolos. Allí estaban ellos, en medio del bosque, acompañados el uno del otro, con animales amigos, con un árbol de pecanas y un riachuelo que satisfacía su sed, estaban allí con Dios, su Padre de los cielos que los cuidaba como hijos queridos. Nadie esta sólo, todos tenemos a nuestro Padre Dios en los cielos que vela por nosotros.
Así, Ramón y Karina salieron al state park, preparados para subir algunas colinas y divertirse en una entretenida caminata, tomando un poco de sol. Llegaron al parque, rodeado de bosques y se instalaron con un pequeño tapete de tela cuadriculada y sacaron unos suculentos sandwiches. Karina sacó una botella de vino, y mientras sonaba una romántica canción, Ramón la miraba extasiado, enamorado, deseando que ese momento no pase jamás. Se la pasaban tan bien ahí.
Karina se quedó mirando el bosque un rato, y con una sonrisa traviesa le dijo a Ramón, que te parece si nos vamos caminando, recogiendo unas semillas de flores silvestres y vemos por donde pasa el río, me parece que es en esa dirección. Sería entretenido internarnos en el bosque y caminar un rato. Por último, si nos perdemos tenemos GPS y volvemos.
Ramón la complació y con una bolsa en la mano y una botella de agua, comenzaron una caminata y se internaron en el bosque, atraídos por unas flores rojas que se veían no muy lejos de donde estaban.
Karina me ha pedido caminar para recoger unas semillas, creo que es una buena idea para estirar un poco las piernas. Aparte que será divertido investigar el bosque. Vamos caminando y es muy bonito, hay ramas secas en el camino y encontramos algunas plantas que nunca vi. Quizá estas plantas están solamente en las zonas donde nadie va. Karina esta contenta caminando. Ya hemos caminado como unos quince minutos y parece que estamos bastante lejos del carro. Pero es tan agradable acá que creo que seguiremos caminando un buen rato porque se respira aire tan puro y todo parece tan acogedor que no me preocupa. Quiero ver si llegamos a alguna fuente de agua para ver si quizá vemos algunos peces o una caída de agua que nos refresque un poco. No hace calor, el clima es muy agradable. - Amor, ¿te atreverías a quedarte por estas rocas a pasar la noche?, parece un buen sitio. Puedo practica hacer un refugio de palos como me enseñaron en los scouts para que nos proteja del frío o cualquier animal.
Ramón me ha venido con esta idea de quedarnos a pasar la noche a la intemperie, la verdad no lo había pensado, pero me parece una idea divertida. Yo creo que sería una bonita experiencia que nos uniría más como pareja y le doy una oportunidad de protegerme. Me gusta mucho investigar plantas y creo que podría ser una buena idea. Conectarnos con la tierra y sentir que somos parte de la naturaleza. Sería una buena manera de resetear nuestra mente y abrir nuestro espíritu a algo nuevo.
- Sí Ramón, creo que tienes una buena idea, creo que sería interesante para cambiar un poco. Te puedo ayudar a buscar algunos palos para armar el refugio que dices.
Ramón y Karina reunieron una buena cantidad de palos y Ramón los colocó de tal manera, cruzados de lado a lado, con un ángulo de 60 grados en la parte de arriba, que cómodamente podía entrar los dos echados adentro sin problema. La noche era un poco fresca, pero no estaba muy fría. Cuando el refugio estuvo terminado, los dos se echaron sobre una roca grande a ver estrellas fugaces, el cielo estaba muy claro y se podían ver fácilmente los astros, de diferentes tamaños, diferentes brillos y colores. Ramón le enseñó a Karina la ubicación de ciertas estrellas, la ubicación de ciertas constelaciones y Karina escuchaba con atención, con ojos soñadores. Cuando se les comenzaron a cerrar los ojos de sueño, decidieron meterse al refugio, y abrazados, pasaron la noche ahí.
Hmm, este es un día diferente, fuera de lo común. Me pregunto como estará mi carro, pero la verdad no me preocupa nada. Tener a Karina entre mis brazos es maravilloso y no lo pienso cambiar por nada. La voy a dejar que duerma un poco más. El sonido del bosque es tan diferente, me hace sentir tan libre, me da mucha paz. Creo que voy a seguir buscando más palos para seguir armando algo mas interesante. Pero primero creo que podemos caminar un poco más, quizá sería bueno encontrar un poco de agua ya que las botellas pronto se acabarán. - Hola mi amor, ya te despertaste. Te quiero mucho, me siento feliz de estar aquí contigo, parece un sueño.
Se levantaron y se sentaron un rato en una piedra pensando sobre la experiencia que habían tenido al decidirse pasar la noche en el bosque. Karina se fue detrás de un árbol para ir al baño, y vino sintiéndose mejor, sonriendo tímidamente. - Ramón, quieres caminar un poco a ver qué encontramos más allá? total, tenemos el GPS si nos perdemos. Mira, es domingo y tenemos todo el día. Y partieron la caminata, observando con detenimiento las nuevas plantas, insectos y pajaritos que veían por el camino. Karina se sentía segura de la mano de Ramón y él a su vez se sentía orgulloso de ser protector de su novia, y tenía muchas ganas de investigar más el bosque. Buscó en su bolsillo y encontró que tenía una cuchilla, pensó que le sería útil por si lo necesitaba. Siguieron caminando por una media hora, no había ningún rastro de ningún camino, avanzaban simplemente en el bosque entre árboles y plantas de todo tipo. Al rato, después de haber avanzado un buen trecho, llegaron a una especie de riachuelo pedregoso, con agua que corría limpia. Felices se acercaron, se quitaron los zapatos y se mojaron los pies, una sensación agradable. Se quedaron un buen rato, gozando del agua y viendo que estaba limpia, rellenaron sus botellas.
Me parece excelente que hajamos encontrado agua, hizo nuestro día mejor, ya me estaba dando sed y parece realmente limpia. En mi GPS pareciera que estuviésemos en medio de un bosque, sin nada cercano y se ve una pequeña linea azul como el riachuelo que estamos viendo. Estamos en el condado de Brunswick, pero no veo civilización cerca, es sólo el bosque y este riachuelo que esta frente a nosotros. Qué divertida manera de pasar un domingo… perdido en medio de el bosque y relajarse por completo, sin ninguna preocupación. Bueno, si me está dando un poco de hambre, me pregunto si hay algo comestible por aquí cerca. Comeremos estas galletas que tengo en el bolsillo por ahora. Ya veremos luego qué hacemos.
Este riachuelo parece interesante, vamos a caminar un poco siguiendo el riachuelo hacia la derecha a ver si el paisaje cambia un poco.
Siguieron caminando un rato más hacia la derecha y encontraron una roca muy grande, y otras rocas alrededor. El sitio era bastante interesante. Había como una ensenada donde se anchaba un poco el riachuelo, con un poco más de agua y los árboles se habrían un poco más dejando pasar la luz del sol de más ampliamente. Karina se puso a caminar alrededor del lugar animada, el sitio parecía bastante acogedor y la roca saliente le ofrecía cierta sombra y protección en caso llovía. Habían piedritas pequeñas al borde del río y algunos trozos de carbón natural.
La tarde estaba tibia y la caminata les había hecho entrar en calor. Viendo que estaban en la mitad del bosque, los dos se quitaron la ropa y se sentaron en las piedras por las que pasaba el agua, riéndose, se echaron en el agua y dejaron que les moje el cabello. Los dos echados, mirando al cielo con los brazos abiertos. Era una sensación de libertad increíble. - Qué buen domingo estamos pasando! - gritó Karina - esto es maravilloso! y Ramón se reía a carcajadas. Los dos se han puesto a chapotear en el agua, mojándose la cara y todo el cuerpo, gozando de la temperatura fría del agua, que parecía se iba calentando mientras más la sentían. Era un sitio adorable. Al rato salieron del agua y se recostaron acomodándose entre las piedras tibias, la sensación del sol en la piel era muy relajante. Los dos estaban tan alegres y encantados con el lugar que se olvidaron del mundo por completo. Luego de todo el ejercicio, Karina le dijo a Ramón - me está dando hambre, tienes algún plan? y Ramón se quedó pensando con los ojos muy abiertos porque él también tenía apetito y no había pensado mucho en qué hacer para remediarlo. Se puso a caminar descalzo alrededor, pensando, pero estaba tranquilo. Sabía que si Dios había permitido que llegase hasta ahí, era porque tenía algo para ellos, así que caminó alrededor con confianza y de pronto se topó con una pecana. La recogió y miró bien qué era, era una pecana! miró hacia arriba y se dio cuenta que estaba bajo un árbol de pecanas, ¡que tal bendición! así que quizo darle la sorpresa a Karina y le llevó algunas pecanas. Karina se rió a carcajadas, encantada por el hallazgo. - Ramón! me encantan las pacanas!. Se sentaron y comenzaron a abrir las pacanas piedra contra piedra. Estaban deliciosas. Comieron pacanas un buen rato hasta que se saciaron.
Se comenzó a hacer tarde y el sol se comenzó a ocultar. Los dos se pusieron un poco apesadumbrados de que el domingo se estaba acabando y se estaba haciendo tarde. Pronto sería de noche y al día siguiente lunes, de regreso al trabajo, a la oficina aburrida, a pagar cuentas y estar en medio de todo el barullo. El podía vivir con Karina en su departamento, pero siempre con la tensión del trabajo y las cuentas, los impuestos. Llegar tarde a la casa, ver la tele, comer algo y echarse a dormir. Ese era su día y todos los días. Algunos días se iban a pasear, con amigos y así, pero era siempre la tensión, la ciudad y su bulla.
- Sabes qué Karina? estuve pensando que nos podríamos quedar acá, es maravilloso y somos libres. - Ay Ramón, no estoy segura, y que vamos a hacer con el trabajo, las cuentas, la familia y amigos? le contestó Karina. Ramón le sonrió diciendo - en realidad no tendríamos que preocuparnos mayormente de nada, la vida es una y hay que vivirla en plenitud, no te parece? Karina pensó un rato, miró hacia arriba, hacia los lados y dijo - la verdad, estoy feliz aquí - tienes razón, no hay de qué preocuparse. Tenemos un pecano, un riachuelo y un techo de piedra… jajaja. Aparte de todo es que nos amamos y me siento muy feliz. La verdad que me siento harta de mi trabajo y de tener que pagar tantas cuentas y me estreso mucho todos los días. Ramón mirando su cara, sabiendo cómo se sentían los dos de tener que ir a trabajar al día siguiente con todo el stress, se echó de espaldas y se quedó mirando el cielo que estaba color anaranjado, con una imponentes nubes que reflejaban la luz del sol anaranjado con una brillantez casi irreal. - Mira, no queremos que nadie se preocupe por nosotros, si estamos contentos acá. No queremos que piensen que algo malo nos ha pasado, voy a enviar un texto a mis padres para que no se preocupen si no nos ven mañana. Karina también envió un texto a sus padres. - “Ramón y yo nos hemos ido fuera de la ciudad, nos hemos tomado unas vacaciones, no se preocupen, estamos bien”. Karina y Ramón no sabían exactamente en dónde estaban, pero de momento no les preocupaba porque se sentían libres, felices y con fé de que podían sobrevivir allí en la libertad del bosque, junto al agua.
Entre los dos recogieron unos palos secos que encontraron dando vueltas, no muy lejos y los arrastraron cerca de la gran roca. Los pusieron arrimados contra la roca, formando como una tiendita. Luego se pusieron su ropa que estaba en las rocas, mientras masticaban unas pacanas más y se sentaron en una roca a ver la luna que había salido redonda. Sentían el aire fresco de la noche en la cara. Los sonidos del bosque eran distintos de los de la ciudad. Se escuchaban diferentes animales. Pero ellos no tenían miedo, los dos eran personas de fé y sabían que tenían un Padre en los cielos que los cuidaba. Los dos juntaron sus manos y rezaron juntos un Padre Nuestro. Abrieron los ojos, se besaron tiernamente y se fueron caminando a la cobachita que acababan de armar. Sintieron que habían empezado una nueva vida juntos. Los dos cogieron sus teléfonos celulares y los apagaron, no los necesitaban, no necesitaban a nadie ni nada. Se tenían uno al otro y los dos tenían a Dios en medio de ellos. Qué más necesitaban. Se miraron dulcemente, se sintieron completamente liberados. Pusieron unas hojas en la tierra bajo la piedra, bajo la covacha que hicieron y se amaron tiernamente. Se quedaron dormidos, mirando las estrellas en el cielo, más brillantes que nunca, tan suyas y ellos eran tan de las estrellas como nunca se hubiesen imaginado.
Esa noche llovió, les salpicó un poco el agua, pero no les importó. Sus mentes estaban soñando con el amor que se daban uno al otro, sin preocupaciones, sin tensiones ni ruidos de medios de comunicación. Era totalmente pacífico y libre.
En la mañana las aves cantaban en los arboles cercanos, se levantaron los dos y decidieron dar un paseo alrededor de las rocas donde estaban. El paseo debía ser en redondo. Llevaron piedritas en los bolsillos y las fueron dejando en su camino. Dieron un círculo alrededor de la roca y fueron alrededor sin perder de vista la roca, siempre dejando piedrecitas en el camino y luego volvieron a la roca. Ahora conocían un poco más lejos, pero estando en el mismo sitio, sin perderse. Después de eso investigaron todo lo que pudieron dentro de ese círculo, investigaron qué plantas tenían, que tipo de suelo era, y recogieron más ramas para ampliar la cobachita. A la covacha le aumentaron una especie de pequeña pared de palos secos, como de media luna, que iba desde un lado de la piedra hasta el otro lado. Para protegerse de cualquier animal que viniese en la noche, pesar que no sentían real ansiedad por eso.
Esa noche, prendieron un fuego, la noche estaba más fresca. Usaron para prenderlo, el carbón que estaba al borde del rio, haciendo la chispa con la piedra y luego prendiendo pajas. Se sentaron junto al fuego los dos y Ramón comenzó a cantar una canción, llevando el ritmo con dos palitos, y Karina llevaba el ritmo con dos piedras. Se sintieron parte de la música y los dos cantaban juntos. Se pararon y comenzaron a bailar al ritmo de la canción. Sentían su amor muy vivo mientras bailaban. Era tan maravilloso estar juntos compartiendo, sin tensiones ni apuros. Se sentaron junto al fuego y en una especie de petate que Karina había estado tejiendo con unas hojas de gras largas, se abrazaron y se quedaron dormidos.
A media noche, sintieron un ruido, como de unas pisadas. Ramón se despertó y mirando alrededor vio acercarse a un venado. Se acercó a ellos y Ramón lo acarició y le dio a comer algunas hojas de gras que había quedado. El venado, joven, acercó su nariz a Karina, la olfateó y luego se echó a una distancia de siete pies de ellos, como haciéndoles compañía. La luz de la luna los iluminaba con su reflejo azul, Karina dormía junto a Ramón y el venado acompañándolos. Allí estaban ellos, en medio del bosque, acompañados el uno del otro, con animales amigos, con un árbol de pecanas y un riachuelo que satisfacía su sed, estaban allí con Dios, su Padre de los cielos que los cuidaba como hijos queridos. Nadie esta sólo, todos tenemos a nuestro Padre Dios en los cielos que vela por nosotros.
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